Cuando no necesitábamos tanto
Una mirada a la infancia, a los viejos paradigmas y a esas pequeñas cosas que todavía pueden recordarnos qué significa sentirse feliz.
El niño que todavía llevamos dentro
Pensar en levantarme y tener que hacer ciertas tareas antes de poder sentarme tranquila a desayunar o revisar la tarea de la escuela. Verificar si la hice, si está completa, si está bien.
Yo quería ese rato para mí.
Después estaría buena parte del día estudiando, aprendiendo y cumpliendo con las responsabilidades propias de la escuela. Y, visto desde la mirada de un niño, aquello ya parecía suficiente.
Pero cada hogar es un mundo aparte, como también lo es la mente de cada persona. Incluso dentro de una misma familia pueden existir maneras muy diferentes de entender la educación, las responsabilidades y la vida. Algunas enseñanzas se transmiten de generación en generación casi sin preguntarnos de dónde vienen. Pero ese sería otro capítulo, uno bastante largo, sobre la naturaleza humana.
No recuerdo aquellos años necesariamente con rencor ni con rabia por el tiempo que ocupaban las tareas de la casa, aunque muchas veces hubiera preferido despertarme simplemente con el canto de las aves anunciando un nuevo día.
Un día de escuela, sí, pero también de dibujos, colores, lecturas, juegos, paseos y risas.
Porque nuestra gran responsabilidad a esa edad era aprender, hacer la tarea, cumplir con la escuela y comenzar a descubrir el mundo.
Con el tiempo uno comprende que no todo lo aprendido durante la infancia necesita ser descartado. Hay enseñanzas que conservan su valor y probablemente lo conservarán siempre. Otras, en cambio, pertenecieron a una época, a determinadas circunstancias o a una manera de pensar que hoy podemos revisar.
Crecer también nos permite hacer eso.
Cuando llegan nuestros hijos, sobrinos o nietos, muchas veces descubrimos cuánto de aquella educación sigue viviendo en nosotros. Algunas cosas queremos transmitirlas. Otras preferimos hacerlas de manera diferente.
Y no significa necesariamente que quienes estuvieron antes lo hayan hecho todo mal ni que nosotros vayamos a hacerlo todo bien.
Simplemente el mundo cambia.
Cambian las familias, los conocimientos, las herramientas, la tecnología y también nuestra forma de comprender la infancia. Nosotros también podemos cambiar con ellos, aunque a veces nos cueste abandonar ciertos miedos, prejuicios o viejos paradigmas.
Pero hay algo de aquellos años que merece permanecer.
La extraordinaria facilidad que teníamos para encontrar motivos para estar contentos.
Terminaban las horas de estudio y sabíamos que, después de hacer la tarea —o de dejarla para más tarde si todavía quedaba alguna obligación en casa—, afuera nos esperaba nuestro pequeño mundo.
Podíamos caminar por la costa, jugar con la arena de la playa o encontrarnos con los demás niños.
Y aquel encuentro era suficiente.
Nos contábamos cómo había estado el día en la escuela, aprovechando que nuestros padres no estaban cerca para escuchar si alguno había recibido un rezongo o había terminado en la dirección.
En verano llegaban los chapuzones.
También estaban aquellos árboles que conocíamos perfectamente y que soportaban pacientemente nuestros pies mientras trepábamos buscando una vista mejor de la playa.
Las niñas juntábamos flores de la costa. Algunos hacían cometas. Otros organizaban un partido de fútbol o de vóley en la playa y, algunas veces, hasta dentro del agua.
Ahora lo pienso y me causa gracia: hacíamos una cantidad enorme de ejercicio físico sin llamarlo ejercicio, sin horarios y sin sentir que alguien nos obligaba.
Simplemente jugábamos.
Cuando finalmente nos cansábamos, el día empezaba a cambiar.
Nos encontrábamos más tranquilos y entonces llegaba otro espectáculo que conocíamos muy bien: las aves regresando a sus refugios.
Entre ellas aparecían las viajeras golondrinas, junto con tantas otras que parecían despedirse antes de buscar sus nidos hasta el nuevo amanecer.
Terminar el día de aquella manera era fantástico.
Y no necesitábamos demasiado para sentirnos felices.
Quizás una de las cosas que descubrimos al crecer es que la felicidad puede confundirse fácilmente con otras cosas.
Podemos pensar que está únicamente en conseguir más, llegar más lejos, tener determinadas cosas o alcanzar aquello que alguna vez imaginamos como la vida ideal. Todo eso puede darnos satisfacción y formar parte de nuestros proyectos. Pero tal vez la felicidad también conserve algo de aquella antigua sencillez.
Estar bien por un momento.
Compartir.
Reír.
Sentirnos parte de algo.
Tener ganas de encontrarnos con otros.
Esperar con entusiasmo una tarde cualquiera.
Cuando éramos niños, incluso durante el recreo arreglábamos lo que haríamos al terminar las clases: dónde nos encontraríamos, a qué jugaríamos, quién estaría allí. Había entusiasmo en algo tan sencillo como esperar el momento de volver a reunirnos.
Aquellos tiempos pasaron, pero quizá no desaparecieron completamente.
Algo de ese niño sigue viviendo dentro de cada adulto.
Escucharlo no significa comportarnos de manera inmadura ni olvidar las responsabilidades que hoy tenemos. Somos adultos y nuestras acciones también son observadas por nuestros hijos, sobrinos, nietos y por quienes vienen detrás de nosotros.
Tal vez cuidar a nuestro niño interior sea algo mucho más sencillo.
Permitirse todavía la curiosidad.
Conservar la capacidad de jugar, aunque el juego haya cambiado.
Disfrutar una caminata, una conversación, un árbol, el mar, una tarde compartida o el vuelo de unas golondrinas.
Entusiasmarnos con algo nuevo sin sentir vergüenza por ello.
Y recordar que crecer no debería obligarnos a abandonar todo aquello que alguna vez nos hizo bien.
Porque quizá la felicidad adulta no consista en volver a ser niños.
Quizá consista en aprender a ser adultos sin olvidar por completo cómo éramos capaces de ser felices cuando lo éramos.
Eúa Raíz