La pequeña luz del viejo farol

Hubo un tiempo en que la noche llegaba de verdad.

Publicado el 18/08/2026

La pequeña luz del viejo farol

No había luces blancas encendiéndose al apretar un interruptor, ni ventanas iluminadas desde la calle, ni teléfonos que pudieran traer una voz desde el otro lado del mundo en apenas unos segundos.

Cuando el sol desaparecía detrás de los árboles y el último resplandor quedaba prendido en el horizonte, la oscuridad comenzaba a adueñarse de los patios, de los caminos y de las casas.

Entonces aparecía él.

El viejo farol de queroseno.

Tenía un cuerpo de metal, un vidrio que protegía la llama y una pequeña mecha que había aprendido, con los años, a convertir una gotita de combustible en un círculo de luz.

No era una luz grande, pero era suficiente.

Y quizá por eso, muchos años después, cuando las luces eléctricas llegaron a todas partes, el viejo farol nunca entendió del todo por qué dejaron de necesitarlo.

Durante mucho tiempo permaneció guardado en un rincón, cubierto de polvo, junto a algunas herramientas que ya nadie utilizaba.

Hasta que una noche escuchó una voz:

¿Dónde estará aquel farol viejo?

Alguien abrió un cajón, después otro, y finalmente lo encontraron.

Lo levantaron con cuidado, limpiaron el polvo de su vidrio y revisaron la mecha.

Cuando alguien encendió la llama, el viejo farol sintió algo que creía olvidado.

Calor, y entonces recordó, recordó aquellas noches en las que era colocado sobre una mesa y, alrededor suyo, se reunían familias enteras.

Los mayores conversaban despacio.

Los vecinos llegaban sin necesidad de avisar, alguien traía una silla, otro acercaba el mate, y comenzaban las charlas.

Se hablaba de la cosecha, del tiempo, de los animales, de algún vecino, de lo que había ocurrido durante el día.

Los niños escuchaban más de lo que hablaban, a veces se reían.

A veces se quedaban dormidos sobre el regazo de alguien.

Y el farol permanecía allí, en medio de todos, haciendo lo único que sabía hacer: iluminar.

También recordaba las noches de invierno.

Sobre la mesa aparecían cuadernos, lápices y libros, los niños hacían sus tareas escolares bajo aquella pequeña luz.

El farol veía las letras torcidas, los números borroneados y las hojas que alguien volvía a empezar porque la tarea no había quedado bien.

Y cuando una cabeza se inclinaba demasiado cerca del cuaderno, alguna voz decía: acercate un poquito más al farol, así ves mejor.

Él se sentía orgulloso, porque sabía que aquella pequeña llama también estaba ayudando a aprender.

Pero había otras noches que recordaba especialmente, las noches de las cartas.

Ah, las cartas...

Las muchachas de la familia se sentaban junto al farol y escribían despacio, pensaban cada palabra, aveces tachaban una frase, volvían a escribirla.

Doblaban cuidadosamente las hojas y las guardaban dentro de un sobre, después llegaba el momento de cerrarlo.

Y comenzaba la espera.

Porque una carta no llegaba al instante.

Había que enviarla.

Esperar.

Y esperar un poco más.

Y después esperar la respuesta.

Podían pasar días.

¡Días enteros!

Y durante ese tiempo, las muchachas preguntaban: ¿Ya vino el cartero?

Y si alguien respondía que no, intentaban disimular la decepción.

Pero cuando finalmente aparecía un sobre con su nombre, la alegría iluminaba la casa casi tanto como el farol.

Él había visto esas sonrisas.

Había visto también los nervios antes de abrir una carta, las manos inquietas, los ojos curiosos.

Las miradas que intentaban descubrir, antes de leer, quién había escrito.

Y a veces, mientras una de aquellas muchachas leía en silencio, una sonrisa aparecía lentamente en su rostro.

El viejo farol guardaba esos secretos. Nunca los contó.

Porque algunas luces, además de iluminar, saben guardar confidencias.

Pero no todas sus noches eran tranquilas.

Había ocasiones en que, de repente, las gallinas comenzaban a alborotarse.

Cacareaban desesperadas dentro del gallinero.

Algo se movía entre las sombras.

Entonces alguien tomaba el farol, abría la puerta, y salía al patio, la pequeña llama avanzaba balanceándose en la oscuridad.

Iluminaba el camino, los árboles, el alambrado y los rincones donde la noche parecía esconder algo.

¿Qué habrá sido?

Quizás un zorro.

Quizás una comadreja.

Quizás simplemente algún ruido que había asustado a las gallinas.

El farol acompañaba la búsqueda hasta el gallinero, y cuando todo volvía a la calma, regresaba a la casa, la puerta se cerraba, alguien acomodaba nuevamente el farol sobre la mesa, y la conversación continuaba.

Porque así eran aquellas noches, no tenían prisa, no había que mirar una pantalla, no había mensajes esperando respuesta.

La gente estaba allí, junta, escuchándose, hablando, compartiendo, el tiempo parecía caminar más despacio alrededor de aquella pequeña llama.

Después llegaron las luces eléctricas, y fueron maravillosas.

Iluminaron las casas enteras, facilitaron las tareas y cambiaron para siempre la vida de las personas.

El viejo farol lo entendió, no podía competir con ellas, su luz era pequeña, su vidrio se ensuciaba, su mecha necesitaba cuidados.

Y el queroseno dejaba un olor que ya casi nadie quería en la casa.

Así que aceptó su destino.

Fue guardado, los años pasaron, las familias cambiaron, los niños crecieron.

Las muchachas de las cartas se hicieron mayores.

Algunas de aquellas voces dejaron de escucharse.

Algunas casas quedaron vacías.

Y el viejo farol permaneció allí, en silencio.

Hasta que un día alguien volvió a encenderlo.

Quizás fue durante un campamento, quizás en una casa de campo, quizás durante un apagón.

No importaba.

Cuando la pequeña llama apareció detrás del vidrio, el viejo farol volvió a sentirse joven.

Alrededor suyo había otras personas, alguien preparaba una comida, otros conversaban, alguien contaba una historia.

Y, por un instante, el viejo farol creyó reconocer aquellas antiguas voces.

Entonces comprendió algo.

Nunca había sido solamente un objeto.

Había acompañado vidas.

Había iluminado tareas escolares, cartas de amor y conversaciones familiares.

Había guiado pasos hacia un gallinero en medio de la noche.

Había estado junto a quienes esperaban una noticia.

Había presenciado risas, preocupaciones, encuentros y despedidas.

Había conocido una época en la que una pequeña llama podía reunir a todos alrededor de una mesa.

Y ahora, muchos años después, todavía había personas que lo llevaban consigo.

No porque fuera la luz más fuerte.

Sino porque era una luz con memoria.

El viejo farol miró su pequeña llama y pareció sonreír.

Había aprendido que algunas cosas no sobreviven porque sean necesarias, sobreviven porque significaron algo.

Y mientras alguien volviera a llenar su pequeño depósito, acomodara su mecha y encendiera aquella llama...él seguiría allí.

Recordando, acompañando, iluminando un poquito de noche.

Porque quizá esa siempre había sido su verdadera misión.

No había nacido para vencer a la oscuridad.

Había nacido para acompañarla.

Y por eso, aunque los años hubieran pasado y el mundo se hubiera llenado de luces, el viejo farol se negaba a apagarse.

Eúa Raíz

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