Las amistades que abrigan
Hay amistades que llegan haciendo ruido.
Y hay otras que entran despacio, como entra el invierno por la ventana: sin pedir permiso, pero trayendo consigo el deseo de encender el fuego.
Ellas casi no hablaban mientras tejían.
El sonido de las agujas era suficiente conversación.
Una levantaba la vista de vez en cuando para comprobar que el agua siguiera caliente para el té. La otra acercaba el plato de pan sin preguntar si la otra tenía hambre. Eran gestos pequeños, invisibles para cualquiera... pero enormes para quien los recibía.
El perro dormía tranquilo porque conocía esa paz.
El gato se acomodaba junto al canasto de lanas porque sabía que allí nadie apuraba el tiempo.
Y el fuego seguía ardiendo, como arden las amistades verdaderas: sin llamar la atención, pero calentándolo todo.
Dicen que tejían bufandas.
Yo creo que tejían otra cosa.
Tejían los días difíciles para que no se deshilacharan.
Tejían recuerdos que algún día las abrazarían cuando una silla quedara vacía.
Tejían esa confianza que permite compartir un silencio sin sentir la obligación de llenarlo de palabras.
Porque la amistad más profunda no siempre se demuestra con grandes promesas.
A veces basta con estar.
Con preparar una taza de café.
Con acercar un trozo de pan.
Con quedarse un rato más.
Y cuando la tarde se iba apagando detrás de la ventana, ninguna de las dos decía "gracias".
No hacía falta.
Las verdaderas amistades entienden que hay afectos que no se pagan con palabras.
Se devuelven con presencia.
Y quizá por eso, mientras el fuego seguía crepitando, la casa parecía un poco más pequeña...
No porque faltara espacio.
Sino porque el corazón, cuando se siente acompañado, siempre encuentra la manera de acercar las distancias.
Eúa Raíz