A MIS PLANTAS
Las guardianas del balcón
En este pequeño balcón, donde el viento aprende a ser más amable y el invierno llega sin pedir permiso, ustedes permanecen.
No conocen la prisa.
Saben que toda estación tiene su lenguaje, que también el frío es una forma del tiempo y que el descanso es otra manera de crecer.
Bajo este techo que apenas las resguarda, escuchan la lluvia, abrazan la humedad de las mañanas y soportan, silenciosas, las largas noches del invierno.
Al otro lado, los árboles de la avenida se desnudan lentamente.
Cada hoja que cae parece decirles que la naturaleza nunca se rinde, solo cambia de vestido.
Entonces esperan.
Esperan ese pequeño milagro que a veces dura apenas unos minutos.
Un rayo de sol se abre paso entre las nubes, las acaricia con una tibieza antigua, y ustedes inclinan apenas sus hojas, como quien sonríe en silencio.
Pero el cielo vuelve a cerrarse.
Las nubes regresan apresuradas y esconden nuevamente la luz.
Sin embargo, ustedes no se entristecen.
Con la sabiduría de quienes conocen los ciclos, siguen allí, hermosas en su pausa, guardando en cada raíz la memoria de la primavera.
Yo las miro y aprendo.
Aprendo que no toda belleza florece de inmediato, que hay inviernos necesarios, que la esperanza puede ser tan pequeña como un instante de sol entre dos nubes.
Y mientras el mundo parece dormido, ustedes continúan viviendo, en silencio, con esa fortaleza humilde que solo poseen las plantas.
Sé que un día el sol llegará para quedarse.
Y cuando el balcón vuelva a llenarse de luz, cuando la avenida recupere su verde y el aire huela otra vez a comienzos, nadie imaginará todo lo que fueron capaces de resistir.
Pero yo sí lo sabré.
Porque fui testigo de su invierno, de su paciencia y de su infinita manera de esperar la primavera.
Eúa Raíz