El técnico que sabía arreglar todo (menos su propio futuro)
Luis tenía 52 años y era técnico. De los de verdad.
El técnico que sabía arreglar todo (menos su propio futuro)
A las siete y media de la mañana, Luis ya estaba despierto.
No usaba despertador. Nunca lo necesitó. Treinta años levantándose temprano para salir a trabajar le habían dejado el cuerpo programado. Mientras calentaba el agua para el mate, repasaba mentalmente el día: dos arreglos confirmados, uno “en veremos” y un llamado pendiente que, con suerte, se concretaría.
Luis tenía 52 años y era técnico. De los de verdad.
Arreglaba aires acondicionados, lavarropas, heladeras, lo que viniera. Tenía manos firmes, paciencia y un don raro: podía mirar un equipo apagado y decir, casi sin tocarlo, por dónde venía la falla.
Este tiene la placa cansada decía. Pero sale. Y salía.
El problema nunca fue técnico. El problema era todo lo demás.
Luis cobraba “más o menos”. A veces menos de lo que valía el trabajo. Otras veces se olvidaba de aumentar. No anotaba nada. No llevaba cuentas. Si el cliente decía *después vemos*, él aceptaba.
Mientras paguen decía.
El celular le sonaba a cualquier hora. Atendía siempre. Domingo, feriado, de noche. No quería perder trabajos. Nunca pensó que atender de más también era una forma de perder.
Un martes de invierno se le rompió la camioneta.
Nada grave, pero suficiente para dejarlo a pie una semana. Canceló trabajos, pasó números de colegas, pidió disculpas. Algunos clientes volvieron. Otros no.
Uno de ellos llamó a otro técnico.
Ese técnico cobraba más caro. Pero respondía rápido, tenía precios claros y agenda.
Luis volvió a trabajar. Como siempre. Con la misma habilidad. Con la misma entrega.
Pero cada mes era un poco más cuesta arriba, no por falta de trabajo sino por falta de orden.
Una tarde, mientras esperaba que enfriara un equipo recién reparado, escuchó a un cliente decirle a otro:
Es un crack, este tipo. Lástima que se mata trabajando y no avanza.
Luis sonrió. Como quien escucha una verdad incómoda pero conocida.
Hoy sigue arreglando equipos. Sigue siendo bueno. Muy bueno.
Pero empezó, de a poco, a cambiar algunas cosas:
* anota los trabajos
* cobra lo que corresponde
* no atiende a cualquier hora
No se hizo rico, pero duerme mejor.
Y entendió algo que nadie le enseñó: Saber hacer no siempre alcanza.
A veces, el futuro también hay que aprender a arreglarlo.