No dejemos a nadie atrás

La niña bajo el árbol no es una excepción.

Publicado el 11/02/2026

No dejemos a nadie atrás

La niña había salido a buscar el pan para sus padres. En el camino encontró un periódico viejo y lo tomó con avidez. No buscaba entretenimiento: buscaba entender el mundo. Quería saber qué pasaba en la ciudad vecina, en otros pueblos, en la capital. Quería estar informada, no quedarse afuera.

Antes de llegar a su casa —donde seguramente le quitarían el periódico de las manos para que atendiera otras obligaciones— se sentó bajo un gran árbol, junto al río. Allí, mientras el canto de los pájaros la acompañaba, leyó cada noticia, observó cada imagen y hasta sonrió con los pequeños chistes impresos en el papel. Sabía que ese momento era suyo. Un momento de aprendizaje.

Pero su curiosidad iba más allá de una lectura ocasional. Ella necesitaba más estímulo educativo que el que recibía en su horario escolar. Necesitaba motivación, acompañamiento, oportunidades. Temía quedarse rezagada, no poder continuar sus estudios, quedar fuera del sistema educativo y, más adelante, del mundo laboral. Intuía que el conocimiento era la llave para no quedar excluida.

En su hogar, el impulso era limitado. Lo suficiente para cumplir con la educación básica, pero no para proyectar un futuro más amplio. Y esa realidad no era excepcional: es la historia silenciosa de muchos niños. Cuando el entorno no ofrece recursos, orientación ni apoyo emocional, la motivación puede apagarse, incluso en quienes más desean aprender.

Aquí es donde el sistema falla. La educación es un derecho, pero no siempre se garantiza en igualdad de condiciones. Muchos niños no saben cómo pedir ayuda. ¿Cómo decirle a una maestra que en casa no hay dinero para continuar la secundaria? ¿Cómo explicar que el sueño de seguir estudiando depende de un uniforme, de útiles, de un par de zapatos?

En otras épocas, sin redes ni campañas digitales, las oportunidades eran aún más escasas. Algunos niños hubieran sido felices con un uniforme usado o con libros heredados. A veces, una pequeña acción solidaria marca la diferencia entre abandonar o continuar.

Las escuelas y comunidades pueden —y deben— organizarse: eventos solidarios, rifas, campañas de donación de ropa y útiles, redes de apoyo entre familias. No se trata solo de cubrir necesidades materiales, sino de enviar un mensaje claro: “Tu educación importa. Tu futuro importa. No estás solo.”

Aunque hoy existan más programas de ayuda, la desigualdad persiste. Muchos niños llegan a clase sin haber desayunado. Reciben el almuerzo escolar, pero regresan a hogares donde quizás no haya cena. Algunos trabajan antes de estudiar. Otros cargan responsabilidades que no corresponden a su edad.

Por eso el rol del docente es fundamental. Motivar, detectar señales de abandono, sostener emocionalmente, acompañar dentro del aula. No es cuestión de hacer horas extras, sino de no soltar la mano a quienes más lo necesitan.

La curiosidad de aquella niña bajo el árbol no debería depender de la suerte ni de la caridad. Debería estar respaldada por un sistema que garantice igualdad real de oportunidades.

Porque el talento está en todos lados.

Las oportunidades, no.

Y mientras eso siga siendo así, la responsabilidad es de todos.

No dejemos a nadie atrás.

La niña bajo el árbol no es una excepción.

Es un símbolo.

Es cada niño que quiere aprender y no puede.

Es cada cuaderno que no se compra.

Cada uniforme que no llega.

Cada talento que se pierde en silencio.

No podemos seguir llamando “destino” a lo que es desigualdad.

No podemos aceptar que el futuro de un niño dependa del ingreso de su hogar.

La educación no es un privilegio. No es caridad. No es buena voluntad.

Es un derecho.

Cuando un niño abandona la escuela, no fracasa él: fracasamos nosotros.

Fracasa la comunidad que no miró.

Fracasa el sistema que no previó.

Fracasa el Estado que no garantizó.

Cada aula debería ser un puente, no un filtro.

Cada docente, un sostén.

Cada comunidad, una red.

Porque el talento nace en cualquier casa.

La inteligencia no distingue barrios.

La curiosidad no reconoce pobreza.

Lo que sí distingue destinos es la oportunidad.

Y si sabemos eso, ya no podemos mirar hacia otro lado.

No dejemos a nadie atrás.

No por compasión.

Sino por justicia.

Eúa Raíz

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